¿Qué es la supremacía urbana?

En un acto de una oscura sociedad anticatalanista, un político del PSC se metió el público en el bolsillo con una de supremacismo de manual, para usar alguna vez la palabra con propiedad; se ve que el hombre urbano, hecho y derecho, dijo que el año pasado pasó ‘miedo’ por unos tractores que entraban ‘a tomar’ Barcelona, a la vez que por el otro lado salían ‘las grandes editoriales’, así, en plural. Dijo que esta imagen era ‘el símbolo del riesgo que hemos corrido y corremos como ciudad abierta y cosmopolita ante el reto del nacionalismo’. Ay, el nacionalismo banal y la viga en el ojo propio, pero ahora no nos pararemos, que ya se ha hablado bastante.

Veis la película, ¿no? Barcelona, otoño del 2017, movilizaciones por la autodeterminación. Tachán. Mientras los labradores bajan a hacer piña a la capital a caballo de su temible herramienta de trabajo (como los bomberos iban con cascos de bombero, ve), una muchedumbre de señores encorbatados saltan de todo de despachos, consejos de accionistas y sillas ejecutivas de grandes editoriales para huir asustados hacia nuevas y cosmopolitas ciudades donde continuar el mismo trabajo con otro decorado.

¿La ciudad es lo mejor que hay?

Porque esta es la primera diferencia, señoras: para unos, empaquetar y llevarse el trabajo bajo el brazo es un trámite (literal, si recordamos el decreto del Gobierno para facilitar el ‘traslado’ de empresas), mientras que para los otros es técnicamente imposible. Por más que aquel señor del champán se hiciera propaganda día sí día también diciendo “que me voy, ¿eh?”

Por lo tanto, mientras no pase que la tierra de donde sale el alimento pueda andar, los cosmopoloncios como el del primer párrafo pueden estar tranquilos, que los labradores continuarán haciendo vida lejos de la cultura y Barcelona continuará tan ‘abierta y cosmopolita’ como siempre. Talmente como si los hijos y hermanos y nietos de los de los tractores no hubiéramos venido a estudiar en masa, a hacer la vida y a subir los nietos y los tataranietos y los sobrinos de los de los tractores, y a cerrar la ciudad abierta con nuestros tan poco cosmopolitas acentos de pueblo.

Y entre todo esto, sale el anticatalanismo y decide convertir el odio a los trabajadores de la tierra, un odio por origen, en otro credo aglutinador del españolismo a casa nuestra. Si buscáis por las redes seguro que debéis de haber topado con los de la bandera del Boadella hablando de ‘tractorianos’ y de ‘Tractòria’ para referirse, según su doctísimo entender, a una subespecie indígena que vive en territorios aislados de la civilización y de las grandes editoriales, donde no llega la señal de internet ni el programa de Ana Rosa, sólo Tv3 y Catalunya Ràdio.

Justamente, un tertuliano habitual de estos medios catalanes, político del partido de los anticatalanistes al parlamento, suele espolsar-se los independentistas de Twitter con la bonita fórmula ‘Buen gasóleo y tractor nuevo’; porque, por extensión, todo independentista es un labrador mental, para ellos, y así se piensan que nos vejan y nos insultan, y así de desacomplejados retratan su supremacismo pijo.

La importancia del campo en pleno siglo XXI

Con la metáfora del tractor, el anticatalanismo etnicista es tan listo que no se da cuenta que se delata. Como hija de labrador y, por lo tanto, ‘target’ de los haters por mi origen, me puedo jugar tranquilamente mis extensos latifundios burgueses que esta gente no osarían nunca ridiculizar los tractoristas castellanos, extremeños o andaluces como osan con los de kilómetro cero, que los tienen a un golpe de manzana de Lleida, de fresa del Maresme o de alcachofa del Prat. Si es que saben que hay tractores, en el Prat de Llobregat.

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